A un minuto de las 20 horas.
En el centro.
Es de noche.
Oficina.
Frente a mí, la catedral iluminada.
Frente a mí, la ventana.
Autos y luces.
Luces y movimiento.
El día ha sido largo, como larga serán las olas de las marejadas que se pronostican para mañana... iré a dar un paseo por la playa, pues el espectáculo no me lo pierdo.
En el teatro de Arica sigue la función del Hombre de la Mancha, la vi el domingo y fue genial, canto, voz, actuación, escena y los ojos del Quijote adolorido y la mano del Cervantes que se despide. Los sueños y la locura que necesito para volver a la vida e irme lejos mientras camino observando mis propios molinos que me siguen, que me enfrentan y me observan.
Y es que el Quijote es el QUIJOTE... caballero de la triste figura, caballero de los siglos que se fueron y de los que vienen en camino. El Quijote entre las letras y el Quijote entre las tablas, y es este último que por primera vez veo, que me lo presentaron hace poco en el trabajo magnífico de esta compañía que no recuerdo su nombre, pero que trascenderá en el recuerdo de lo que fue ese domingo de anochecida.
En el teatro siguen los aplausos a rabiar. Sigo incluso yo ahora de pie, aplaudiendo la obra, a los actores, director y técnicos... sigo aplaudiendo este regalo, de los pocos que nos llegan acá, de los pocos que recibe Arica.
Ya son más de 20 y de los 15.
La noche sigue.
A mi espalda el morro, no lo veo, pero sé que ahí está iluminado.
Más autos, más luces, más movimiento.
El mar se pondrá inquieto.
Será bueno ir a verlo.